lunes, 31 de julio de 2017

DESARROLLO: Caraparí, las “ruinas” de un pueblo tras el boom del gas

Es la una de la tarde de un martes juliano, las calles de la ciudad que en otrora fue la que percibía mayores ingresos económicos del país, están prácticamente vacías. Las pocas tiendas comerciales están cerradas y las que permanecen abiertas están en silencio. 
Por la plaza principal se ve a un grupo de músicos que se afana en afinar sus instrumentos y deleitar con su música a los comensales, de las únicas tres mesas ocupadas de una “gran kermesse solidaria”.
El calor típico de estas tierras cambió de repente por un surazo que llegó de golpe desde el norte argentino, por lo que el paisaje a primera vista no luce acogedor. Las pensiones vacías que rodean la plaza no se muestran así porque precisamente la comida se acabó, sino porque ya casi nadie se da el lujo de comer en un restaurant.
A cuatro casas de la plaza principal, una de las pensiones más grandes y populares está vacía, el lugar es amplio pero sólo hay cuatro mesas puestas, todas sus sillas están desocupas. A un costado se divisa al menos una docena de mesas de plástico y sillas apiladas.
-    Cómo está señora, buenas tardes, ¿tiene almuerzo?
-    Hay joven, ¡pase! siéntese.
-    ¿Qué pasó que está todo vacío?
-    Uh…, es que ya no se vende y no se gana ahora ni para el alquiler, dice doña Elvira mientras limpia la mesa.
-    Ahh… entonces ¿usted alquila esto?
-    Sí joven, pero hace tres años me daba para mis gastos, alquiler y para vivir. Ahora no, así que estamos en vísperas de levantar todo. Directamente voy a dejar esta pensión- cuenta doña Elvira- al explicar que aunque vive a tres cuadras se vio obligada a alquilar ese local, pues en los lugares más alejados del centro de la ciudad, la venta es nula.
Recuerda que antes, cuando la explotación del gas en el campo San Alberto estaba en su auge, el movimiento económico era mayor y la venta mucho mejor. No sólo por la cantidad de trabajadores petroleros, sino también por los funcionarios públicos de las instituciones, que abarrotaban las pensiones y acababan la comida de todos los lugares.
Hoy con suerte ella logra vender apenas 10 almuerzos al día, lo que le significa una entrada de 130 bolivianos, monto del que debe recuperar lo invertido y por lo general se aproxima a los 100 bolivianos.
Caminando más allá, a tres a cuatro cuadras de la plaza principal, está Laura Fernández. Sencilla, tímida y acompañada de una amiga. Cuenta que nació en el área rural de Caraparí, pero dice que vive en la ciudad hace 15 años. Es madre de dos hijos y está casada con un soldador. Recuerda con tristeza los años mozos de la segunda sección de la provincia Gran Chaco, pues dice que hubo mucho dinero, pero no quedaron obras que hayan generado trabajo en aquel lugar.
Ella cuenta que vendía sándwich todas las tardes con mucho éxito, pues todo lo que cocinaba se le terminaba. Su esposo trabajaba en una de las empresas petroleras, pero fue despedido, por lo que tuvo que irse a Cochabamba a trabajar.
“Antes se veía mucha gente, pero ahora ya no, hasta en el mismo mercado, antes ibas a la tarde y ya no había nada para comer, pero ahora hasta las 12 de la noche están vendiendo, porque está silencio”, añade.
A su lado, Victoria Patiño, escucha atenta y de rato en rato asienta con la cabeza todo lo que dice su amiga, en signo de aprobación. Cuando termina Laura, ella decide hablar y cuenta que es casada y madre de 4 hijos. Dice que volvió hace no mucho a Caraparí pensando que la situación estaba mejor ahí que en Villa Montes, empero se arrepiente de haber tomado esa decisión.
Su esposo es contratista en Yacuiba, por lo que ella se queda sola con todos sus hijos en Caraparí, debido a esto decidió abrir un local de venta de almuerzos en su casa. “Desde que yo vine el almuerzo lo daba a Bs 12, pero una mujer de un primo lo daba a Bs 11, así que ayer tuve que bajar mi almuerzo a Bs 10 por un plato de sopa, segundo y su vaso de refresco”, cuenta.
Pese a aquello, en los mejores días, Victoria, llega a vender 10 almuerzos, en los regulares cinco y en los peores sólo dos platos de sopa. “Un día mi hija se puso a llorar, ella tiene 16 años y me dijo: lo que invertís mami, no sacaste ni la plata y eso baja la moral”, cuenta mientras mira el suelo de tierra como hipnotizada.
Por todo esto, Victoria, se vio en la necesidad de hacer otras cosas más para poder tener algo de dinero. Ahora  vende también empanadas tucumanas por las mañanas y hace pan por las tardes.
Sin embargo, revela que hay ocasiones en las que no logra tener prácticamente nada de ingresos económicos. Cuenta que en una ocasión se vio obligada a prestarse dinero de “los colombianos”. “Uno por la necesidad tiene que prestarse plata y yo me sabía prestar de los colombianos, a veces te prestan mil bolivianos la primera vez, pero son 200 bolivianos de interés que debes pagar en 24 días. O sea, si te prestas 1.000 bolivianos, durante 24 días debes pagar diario 50 bolivianos, lo que hace 1.200 bolivianos. El problema es que a veces una no hace al día ni 50”, dice al explicar que la gente acude a este tipo de préstamos porque en las cooperativas el papeleo es excesivo.
Así, de entrada, el panorama que muestra a primera vista la entonces capital del gas boliviano, Caraparí, es triste. Más aun, la situación se complica cuando se conversa con la poca gente que circula por ahí, o los propietarios de los hostales y hoteles que ven con preocupación sus habitaciones vacías.

El silencio de hostales y alojamientos
Parece una casa de lujo, tiene un amplio espacio verde en el ingreso, árboles frutales a los costados y 14 habitaciones disponibles. Además, ofrece un amplio salón para las comidas, una elegante sala de recepción y baños privados en cada uno de los cuartos, sumado a esto hay Tv cable, agua fría, caliente e internet wifi. Aunque este último servicio está cortado por falta de uso.
Se trata del hostal Caraparí, ubicado a media cuadra de la plaza principal. Éste hasta antes de la visita de El País eN había estado cerrado, prácticamente durante todo lo que va del 2017. Su propietaria, que vive en Tarija, llegó hasta el lugar para abrir el alojamiento, ya que hubo la demanda de dos habitaciones.
Ruth Molina (propietaria), cuenta que en realidad ella nació en Caraparí, pero hace más de 30 años que hizo su vida en la capital tarijeña; sin embargo dice que volvió a su tierra hace 10 ó 12 años atrás cuando el auge del gas en Caraparí estaba empezando.
Así,  con un terreno que le dejó su madre a media cuadra de la plaza principal, apostó por San Alberto y levantó poco a poco e invirtiendo todos sus ahorros, una casa que sirva de alojamiento a todos los extranjeros, obreros y profesionales petroleros que se aprestaban a explotar el megacampo.
“Comencé primero con la parte de adelante y como entraba bastante (dinero), porque venían las petroleras y me pagaban bien, fui ampliando; pero en base a todo lo que ellos me exigían, como ser aire acondicionado, cable, internet, señalización, todo. Llegue a cumplir todo lo que ellos querían, pero también me pagaban siempre puntual”, recuerda.
Dice que antes de San Alberto, Caraparí era un lugar tranquilo, silencio, sin grandes aspiraciones y con poco movimiento. Pero una vez que comenzaron los trabajos para explotar el gas, la segunda sección de la provincia chaqueña cambió, se llenaron los hoteles y las casas.
Los oriundos del lugar se prestaban dinero para ampliar sus domicilios y alquilar a los visitantes. No se encontraba una sola pieza para alquilar o cuarto en el cual pasar la noche, y si se encontraba, los precios eran altos, pues en el lugar trabajaban las petroleras.
Así lo recuerda Ruth, quien dice que venían petroleras como “Petrobras, Bolpegas, Hecterra, Hipebolivia” y le alquilaban todo el alojamiento por el mes entero. Los otros hoteles, hostales y casas corrían con la misma suerte. Dice que en esa época, el pasar la noche para una persona en su alojamiento costaba 250 bolivianos y como tenía 14 habitaciones dobles, el ingreso era bueno y le permitió recuperar su inversión.
Recuerda que las petroleras cambiaron la cara y el costo de vida a Caraparí, pues con tanto movimiento que existía, por ejemplo, a ella le costaba conseguir trabajadoras para su alojamiento. A una empleada le debía pagar hace 8 a 10 años un sueldo mínimo de 2.500 a 3.000 bolivianos,  esto porque  la mayoría aspiraba a trabajar en alguna empresa vinculada a San Alberto, donde les pagaban 3.400 bolivianos por 21 días de trabajo al mes.
Sin embargo, aquellos años mozos que le tocó vivir quedaron en el pasado y hoy la realidad es otra, muy distante y diferente a la época de las “vacas gordas”. Hoy toda la gente que trabajaba en San Alberto se fue, incluso personas oriundas se van y cada vez son menos los que llegan de visita. Por todo esto, los precios en los hoteles bajaron a la mitad y hoy una habitación para algún visitante en el alojamiento de Ruth cuesta 130 bolivianos con derecho a desayuno y a todas las comodidades que ofrece su hospedaje.
Debido a esta compleja situación, Ruth quiere vender su alojamiento e irse a la ciudad de Tarija, donde ya hizo familia y tiene un hogar. No sabe a cuánto, pero está segura que es una inversión fuerte la que hizo.
En el manzano de  enfrente hay otros dos hostales que se encuentran frente a la plaza principal de aquella ciudad, se trata del hostal Don Roberto y el alojamiento Acuario, que al igual que el hostal Caraparí, vieron cómo sus habitaciones fueron quedando vacías con el pasar de los años, hasta el punto de tener uno a dos personas alojadas como máximo en estas fechas.
“Yo tengo capacidad para 30 personas, pero ahorita sólo tengo dos piezas ocupadas”, dice la dueña del hostal Don Roberto, quien admite que antes todas sus piezas estaban llenas.
Está segura que el negocio del hostal ya no da en su tierra, por lo que piensa cambiar de rubro, aunque no tiene definido el sector. Sin embargo, ve también como otra alternativa, irse a la capital de Tarija e invertir allá.
Consultada sobre si quiere vender su hostal, dice que no, pues está frente a la plaza; sin embargo, explica que tiene otras dos casas que están no muy distantes de la plaza y que se encuentran a la venta desde hace dos años. “Nadie preguntó por ellas ni una sola vez”, revela. Recuerda que hace más de 6 años, las dos casas estaban alquiladas por trabajadores de las petroleras.
Unos pasos más allá está el alojamiento Acuario, que fue abierto desde el año 2007 y por ende, fue testigo de los ajetreos y correteos que trajo consigo San Alberto. Con una capacidad de hospedaje para 40 personas, todos los días estaba lleno, sin embargo, desde hace 2 a 3 años la figura cambió y hoy lo máximo que recibe son 2 a 4 huéspedes.
Hace años el costo de la habitación con baño privado era de Bs 150 la noche, una pieza con baño compartido costaba Bs. 80. Ahora, también en ese lugar, los precios bajaron a la mitad y una pieza con baño privado está a Bs. 70 la noche y con baño compartido cuesta entre 30 y 40 bolivianos.
“Así quedó Caraparí de silencio. Mucha gente se ha ido y hasta las pensiones, piezas y casas que sabíamos tener llenas, alquiladas, ahora están vacías. Y eso que son casas que están a una cuadrita de la plaza”, refiere Jenny Basilio, propietaria del alojamiento Acuario.

Desesperación, todo a la venta o alquiler
La explicación general que se escucha por las calles es que el municipio de Caraparí quedó vacío con la declinación del campo San Alberto y que por eso se encuentran casas a la venta o en alquiler a cada paso, lo mismo que los letreros de cuartos en alquiler, que en realidad se ven en casi todas las casas de aquella pequeña ciudad.
Un dato fehaciente de cómo creció Caraparí debido a la explotación del campo San Alberto, que empezó sus años de mayor producción allá por el año 2008, es el censo 2012. Con una población de 147.478 habitantes en la provincia Gran Chaco, según aquellas estadísticas, el mayor crecimiento poblacional en la región autónoma con relación al censo 2001, se concentró en el municipio de Caraparí que registró un 70,07%, mientras que Villa Montes subió en 67,76%.
Así, de tener 9.035 habitantes en 2001, el censo 2012 arrojó que en Caraparí vivían 15.366 personas. Muchas de ellas llegaron ocasionalmente por el trabajo que requería San Alberto. Pero ¿Cuál es la realidad de este municipio ahora?
Como no hay un registro, datos o estadísticas de los últimos años sobre la cantidad de población en la segunda sección de la provincia Gran Chaco, y como las afirmaciones de que el municipio se está quedando vacío son generales, pero además visibles a primera vista, El País eN realizó un levantamiento de datos para conocer cuántos cuartos y casas están en alquiler, a la venta o vacíos en los cuatro manzanos que rodean a la plaza principal.
¿El objetivo? Lograr algún dato concreto que refleje la verdadera situación que atraviesa este lugar.Manzano 1
Entre las calles General Pando y Bolívar hay una casa a la venta que tiene seis cuartos, de los cuales cinco están vacíos. Según información recogida en el lugar, la casa estaba a la venta hace cuatro años a 130 mil dólares y ahora está a 30 mil dólares. De la misma manera, en esa calle se contabilizó otras dos habitaciones en alquiler.
En las cuadras que están entre las calles Gral. Pando y  Gral. Campero, así como Gral. Campero e Independencia, no se encontraron casas o cuartos en alquiler o a la venta. Pero sí en la cuadra que está en la calle Bolívar, donde se contó 1 casa en alquiler y además, otras 4 habitaciones grandes que se alquilaban
Manzano 2
Entre la calle Campero e Independencia se contaron cuatro cuartos vacíos y una casa en alquiler con tres cuartos. En la cuadra que está entre las calles Independencia y Comercio están el hostal Caraparí que tiene 14 habitaciones dobles vacías, al lado hay una casa en alquiler que tiene seis cuartos y unos pasos más allá hay una casa a medio construir con los trabajos paralizados.
Entre las calles Comercio y 25 de Mayo hay una casa de dos plantas a medio construir, con  la obra paralizada, pero también se contaron dos cuartos en alquiler.
Entre las calles Gral. Campero y 25 de Mayo, así como Gral. Campero e Independencia  no se halló cuartos o casa en alquiler.

Manzano 3
Entre las calles Independencia y Comercio están el hostal Don Roberto que tiene capacidad para 30 personas, y el alojamiento Acuario, con capacidad para 40. Ambos sólo tenían dos habitaciones ocupadas en la primera semana de julio. También se encontró una casa abandonada.
Entre las calles Comercio y Gral. Pando hay un cuarto en alquiler. Entre la Gral. Pando y avenida Eustaquio Méndez hay sólo una casa que ocupa toda la cuadra y entre las calles Eustaquio Méndez e Independencia, no se encontraron habitaciones o casas en alquiler.
Manzano 4
En este manzano están ubicadas las instituciones públicas como la Alcaldía, el hospital y otras entidades financieras, por lo que gran parte de su área está ocupada, sin embargo, entre las calles Pando  y Gral. Campero se encontró una casa deshabitada.
Como conclusión tenemos que en los cuatro manzanos que rodean a la plaza principal de Caraparí hay 2 casas a la venta, 3 casas en alquiler, dos casas a medio construir con las obras paralizadas, 2 casas deshabitadas y entre cuartos o habitaciones disponibles en casas y hostales hay lugar para 97 personas.

Mega obras sin uso, “el dinero se fue al cemento”
El mega campo San Alberto ha sido el yacimiento más importante de Bolivia durante mucho tiempo, ícono de la nacionalización de los hidrocarburos, llegó a aportar el 31% de la producción total de gas del país, pero hoy sólo representa el 11%; es decir, que entregó  6,26 MMmcd en 2016, de generar  9,19 MMmcd en 2014 y haber empezado con 12 MMmcd.
Así, por haber sido bendecido con semejante cantidad de recursos naturales, Caraparí al igual que los otros dos municipios chaqueños (Yacuiba y Villa Montes), mediante la Ley 3038, llegaron a recibir un presupuesto anual promedio de casi 400 millones de bolivianos en los últimos 10 años, pero ¿Cuánto aportó esto para su desarrollo?
Caraparí es un municipio rural, que tiene 48 comunidades campesinas y que además de la actividad gasífera, tiene como segunda actividad económica, la producción agropecuaria.
Juan Mamani, ejecutivo de los campesinos carapareños explica que la principal producción en el lugar es el maíz y la soya, con cerca de 1.000 hectáreas dedicadas a esta labor. Pero además se caracterizan también por la producción de cítricos, teniendo una capacidad mayor a los 500 mil frutos.
Sin embargo, hasta ahora, los campesinos han visto cómo su trabajo y su esfuerzo quedan prácticamente en nada, pues como sólo pueden vender su producción y no industrializarla, las recaudaciones son ínfimas, más aun cuando a esto se suma el contrabando que abarrota los mercados de Tarija y Santa Cruz, lo que les obliga a bajar los precios a la mitad. “Antes costaba 90 bolivianos el quintal de maíz y ahora está a 45, es una pérdida del 50%”, dice.
Algo similar pasa con su producción de cítricos, pues explica que las 100 naranjas llegaron a costar entre 10 y 15 bolivianos, razón por la cual “nadie sacaba los cítricos a la venta y estaban votados”.
Justamente por este problema que arrastran desde siempre, Juan cuenta que como sector pidieron desde hace más de cuatro años a las autoridades industrializar su producción, y para esto vieron como necesario una planta de alimentos balanceados que, según dice, costaría poco más de 18 millones de bolivianos y una planta procesadora de cítricos, cuyo costo sería 5 millones y medio de bolivianos.
Es decir, el sector campesino necesitaría algo de 25 a 30 millones de bolivianos para industrializar su producción. Lo penoso para el sector es que en 10 años de haber recibido un presupuesto promedio de casi Bs. 400 millones, esto no se hizo efectivo. ¿Dónde fueron todos esos recursos?
El presidente del Comité Cívico de Caraparí, Silvio Vega, dice con tristeza y bronca que todo ese dinero se fue al cemento. “En Caraparí hay tres coliseos y en cada unidad educativa del área rural hay tinglados, en cada comunidad o distrito se han hecho construcciones para mujeres emprendedoras y las mismas autoridades de las comunidades reconocen que esto ha sido un fracaso (…). De éstas debe haber como 10 construcciones y son seis distritos”, cuenta.
Dice que el dinero que llegó a Caraparí se fue a las plazas, áreas verdes, proyectos mal ejecutados, mal diseñados y que se repitieron hasta tres veces para poder cumplir con sus objetivos. “En Abra Campo Verde, para llegar con agua por cañería se hicieron como tres proyectos, dos fracasados y uno acertado”, añade.
Parecen exageradas las declaraciones de Silvio, pero un complejo deportivo de proporciones inmensas, con canchas de raquet, gimnasio, piscinas, un cuadrilátero de box, quinchos para parrilladas y otros ambientes más, está abandonado, cayéndose a pedazos y ahora sirve como lugar de trabajo para un programa de empleo de la Subgobernación de Caraparí.
En otra parte de esta ciudad hay otras dos mega construcciones que están frente a frente. Se trata del hogar de Niños Huérfanos y Abandonados “Santa Ana” que tiene diferentes bloques, dormitorios para niños, niñas, sala de comidas, juegos recreacionales, capilla, salas de estudio y todas las comodidades que uno se pueda imaginar. Todo eso para una capacidad de 150 niños, según informó la encargada, Marioli Palma. ¿Cuántos niños hay en ese lugar?, la respuesta es “sólo 13”.
Frente a esta infraestructura, un poco más abajo, está el asilo de ancianos, intentando superar al hogar de niños, pues tiene sala de juegos, sala de comidas, lavandería, 110 cuartos con sus respectivas camas, televisor, aire acondicionado, área de recreación, centro médico y todo lo que uno pueda pensar como necesario para los adultos mayores. En el lugar hay 26 personas de la tercera edad, según informó el responsable del asilo, Juan Carlos Campero.
Cerca de la plaza principal, hay otra gran construcción, tipo coliseo, denominado “Talleres y cancha internado Manuel Cuellar”, el lugar permanece cerrado y en su interior hay un montón de sillas, pupitres y mesas apiladas y empolvadas.
“Lugares recreativos hay muchos y ostentosos, pero paran casi todo el tiempo vacíos, pues la gente está abandonando Caraparí. Se ven más perros que gente en las calles”, dice con resignación el cívico.
El asesor del asambleísta regional Román Gómez, Hernán Ruiz, explica que muchas de estas obras de infraestructura fueron justificadas por los sectores, que demandaron esto a las autoridades, empero aclara que al final de la hora no ayudaron a resolver aspectos básicos y fundamentales para el municipio, como es el tema del agua. En todo Caraparí no se consume agua potable.

Dolor tras la época dorada
“Ver a un Caraparí en silencio y que no aprovechó aquella época dorada, nos duele a todos”, dice Hipólito Romero, quien es oriundo del lugar, tiene 48 años de edad y es un transportista que hace la ruta Caraparí – Yacuiba.
“Como cayó el gas y el precio, la gente comenzó a irse, a abandonar y a dejar a Caraparí en silencio. Y en el transporte es igual, porque nosotros sabíamos dar hasta cinco vueltas al día hasta Yacuiba  y ahora lastimosamente se da una a dos”, relata con la voz apagada.
Dice que cuando estaba el boom del gas, había 150 vehículos que iban y venían a Yacuiba, pero ahora sólo son 60. Añade que la mayoría de los socios de su empresa, se están dedicando a otras actividades, sobre todo volviendo al campo, pues un viaje de ida a Yacuiba los perjudica todo el día y no les conviene. “Antes había buenos ingresos, entre 600 a 700 bolivianos al día, pero ahora máximo Bs 150”, revela.           
Ronald Encinas es comerciante de materiales de construcción y cuenta también cómo le afectó la declinación del campo San Alberto. Relata que llegó de Yacuiba hace tres años con la decisión de abrir su comercial y para ello invirtió 15 mil dólares, que los pudo recuperar en el primer año de trabajo, cuando aún había algo de actividad que impulsaba San Alberto.
En cambio ahora asegura que está en déficit, pues relata que en el segundo año que estuvo ya notó que empezó a bajar la economía y por ende su negocio. Afirma que hoy el silencio reina en todos los comercios y que por ello, los comerciantes y la gente se están yendo poco a poco de Caraparí.
Si bien Hipólito y Ronald sienten la mala situación por la que atraviesa este municipio, ambos tienen una fuente de trabajo que les ayuda a tener algún ingreso por más mínimo que sea. Suerte que no tiene Juan Carlos Avendaño, quien trabajó 12 años en Petrobras como asistente administrativo, pero que ahora está desempleado desde el mes de abril.
Afirma que todo decayó en su tierra, sobre todo las fuentes de empleo. Explica que lo despidieron, cuando la petrolera redujo los ítems de contrato. Revela que desde agosto del año pasado a la fecha, más de 100 trabajadores fueron despedidos. Él ahora tiene la esperanza de encontrar otro trabajo en alguna otra empresa y está a la espera de la “llamada salvadora”.
Sin embargo, no todos los sectores de Caraparí sufren por la declinación de San Alberto. El asambleísta regional guaraní, Román Gómez, asegura que su pueblo no se benefició de la actividad  petrolera y por ende, hoy no sienten el declive del campo gasífero.
“De parte del gobierno municipal jamás se recibieron recursos directos y ahora peor. Porque ya no hay dinero y dentro del gobierno regional como municipal presupuestaron para esta gestión apenas 400 mil bolivianos para todos los guaraníes de Caraparí, que son 20 comunidades y cerca de 2.000 familias”, informa.
La esperanza de los
pobladores y la fe en Boyuy
El inicio de las actividades de perforación en el pozo Boyuy, que estiman tiene un potencial de tres Trillones de Pies Cúbicos (TCF), trajo consigo la esperanza de nuevas oportunidades y más ingresos para la población carapareña, misma que guarda en lo más profundo la ilusión de reactivar su economía.
Para aprovechar de mejor manera esta nueva oportunidad que se le presenta a Caraparí, el asesor del asambleísta Román Gómez, ve como una prioridad elaborar un plan territorial de territorio integral, donde se defina y priorice hacia dónde irán las nuevas inversiones públicas, que desde su punto de vista deben concentrarse en: agua, salud e impulso al aparato productivo de la región.

San Alberto, el pueblo llora tras el declive
A  30 minutos de la ciudad se encuentra la comunidad de San Alberto, lugar en el que por más de 10 años fue explotado el gas. La primera impresión da cuenta que el tiempo no hubiera pasado en esa región.
Habitada por chaqueños, quechuas y guaraníes, la comunidad está casi al pie de la serranía de Santa Rosa y colinda con la comunidad de Loma Alta, Chirimollar y Aguas Blancas.
Rodolfo Fernández, dirigente de la Organización Territorial de Base de San Alberto, explica que la comunidad está integrada por 230 familias que se beneficiaron por muchos años de los empleos que daban las empresas petroleras, asentadas en su territorio. “Su intervención nos cambió totalmente la calidad de vida”, refiere.
Sin embargo, así como sus habitantes fueron los que más se beneficiaron de aquellos trabajos temporales de las petroleras, son también quienes más sienten el bajón del campo San Alberto, pero sobre todo, quienes sufren las consecuencias de la explotación gasífera realizada por tantos años.
Así lo confirma Martín Jiménez (MJ), quien es corregidor de San Alberto y quien cuenta la dura realidad por la que atraviesa hoy su comunidad
EP.- ¿Cómo era San Alberto antes de la explotación?
MJ.- Era muy silencio, todo era paz, no había mucho tráfico, había abundantes arbustos, animales del campo, pero hoy en día que se ha poblado y hay mucho tráfico de vehículos, la comunidad está quedando totalmente descubierta.
EP.- ¿A qué se refiere con descubierta?
MJ.- A que cada vez está más abierto, había mucho arbusto, animales del campo, en las quebraditas, pero hoy en día ya no existen los pescaditos que sabían haber en las quebradas y tampoco los animales del monte.
EP.- ¿Qué animales del monte había?
MJ.- Había de todo, como cuando uno entra a un monte virgen y se topa con toda clase de animales, había gato montés, chanchos, tigre, león, anta, carpincho, todas esas cosas pero hoy en día ya no.
EP.- ¿Y por qué no hay?
MJ.- Por la cantidad de tráfico los animales se han ido retirando, además por los químicos que han soltado en los pozos, parece que todos los animalitos se han ido enfermado.
EP.- ¿Encontraron animales muertos?
MJ.- Sí, eso del 2004 encontramos muchos animales muertos cerca de la serranía, por esas perforaciones que hicieron. Habían corzuelas, chanchos, tejones muertos a la orilla del cerro. Por eso creemos que es la contaminación lo que los hizo desaparecer.
EP.- ¿Y en qué más les afectó la explotación?
MJ.- Nosotros nos dedicábamos a trabajar en la agricultura. Sembrábamos maíz, papa, toda clase de hortalizas maduraban perfectamente, pero ahora no; si no echamos químicos o no fumigamos, no cosechamos nada.
EP.- Entonces, ¿la comunidad se benefició de la explotación?
MJ.- Muy poco, ahorita no tenemos ayuda de las empresas, no hay nada de las instituciones y lo único que nos dejó es el colegio de aquí arriba y las carreteras.
EP.- ¿Servicios básicos tienen?
MJ.- Luz tenemos gracias a que nosotros trabajamos como comunidad, el 2001 comenzamos a realizar el corte de postes, plantamos los postes y gracias a eso tenemos luz. Agua tenemos de las vertientes de Manantial y de la Ralada; de ahí sacamos el agua que viene por tubería, porque no es agua potable.
EP.- ¿Y gas tienen?
MJ.- Hace un año atrás recién nos dieron gas. Somos los productores, de aquí se explota hace tantos años y fuimos los últimos en tener gas. Primero sólo teníamos 30 familias en la comunidad y hace un año atrás un 90% de las familias está con gas.
EP.- ¿Las petroleras apoyaron en algo a la comunidad?
MJ.- Sólo en acción social, algunas partes donde necesitaban arreglo de caminos, hacia los potreros o algún ripiado. Pero plata en efectivo para alguna construcción no. Entonces más ha sido el perjuicio que el beneficio.
EP.- ¿Qué le duele más a San Alberto?
MJ.- Que hayan sacado todos los recursos naturales que había en la comunidad y que no haya una fuente estable de trabajo que pueda quedar para nosotros. Tanto recurso que ha salido de aquí y que no pueda quedar alguna fábrica o algo donde pueda trabajar la gente.
EP.- La última ¿Daños ambientales?
MJ.- Por reclamar de los perjuicios y daños hemos sido demandados por Petrobras ante la Fiscalía. En dos ocasiones se han roto las tuberías que van del pozo a la planta y se ha derramado más de 24 horas el ducto a la quebrada. Trajimos al Ministerio de Hidrocarburos, que hizo su recorrido, y no tenemos resultados ni alguna noticia.
EP.- ¿Cuándo fue eso?
MJ.- Uno fue en diciembre del año pasado y el otro enero. Se ha roto en dos ocasiones la misma tubería y es la que sale de los pozos, no es de agua, ni otra cosa. Todo lo que sale de la tierra es lo que se ha botado a nuestra quebrada de San Alberto, presentamos al Ministerio los videos y fotos de cómo se derramaba a nuestras quebradas esos ductos y como morían los últimos pescaditos que existían. Los animales han muerto cuando tomaban agua de las quebradas, pero hasta ahorita no han dicho ni hecho nada.
Fuente: periódico "El País"

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